miércoles, 20 de julio de 2016

Historia y leyenda del Monte Pindo

El Monte Pindo domina las tierras del Fin del Mundo. El hogar de las deidades gallegas refleja, en su rosa vestidura granítica, luz y sombra sobre mar y gentes del Finisterrae. Son muchas las leyendas y historias sobre este lugar, que llegaron a causar interés entre intelectuales gallegos de la más variada ideología.



Nuestros antepasados sólo supieron explicar la fértil y curiosa geomorfología del Monte Pindo, plagada de relieves en moles de granito, mediante historias de deidades, esculturas, monstruos, gigantes míticos, y leyendas que llenaron de ilusión y orgullo a los habitantes de estas tierras, que transmitieron de padres a hijos durante siglos cuentos de tesoros fabulosos, hermosas princesas, rutas secretas, serpientes de siete cabezas, hadas encantas, sacrificios y ritos de fecundidad 


–que al parecer prevalecieron hasta tiempos muy recientes
– que dieron forma a tradiciones que sitúa en este lugar el monte sacro de los celtas supertamáricos gallegos. Obviando las leyendas, lo que sí se encontraron son numerosos restos arqueológicos como petroglifos, útiles de bronce, medallones, monedas, murallas y lo que parecen ser los restos de una antigua ermita.
Las leyendas tampoco se olvidaron del vecino paraje del río Xallas, pues se dice que detrás de esta cascada única en Europa, junto con los fiordos suecos, por caer sus aguas directamente sobre el agua salada del mar, existe una puerta mágica guardada por brujas que llevará debajo del río al joven que se atreva a pasar, pudiendo entonces casarse con una bella princesa encantada o poseer una enorme fortuna.
De lo que si hay certeza es que en el siglo X Sisnando (obispo de Iria Flavia) ordenó fortalecer el antiguo Castillo de San Xurxo en las laderas del monte, para proteger estas tierras de los continuos ataques de los piratas medievales. Diversas familias nobles de Galicia lo habitaron hasta que fue destruido en el año 1467 en las Revueltas Irmandiñas. Se dice que hace cincuenta años aun se podían ver parte de sus muros, destrozados por los buscadores de tesoros.
Presuntamente, otros dos castillos se encontrarían en este entorno, aunque no se conservan restos materiales determinantes y la documentación analizable es escasa, además de una inscripción en latín en una piedra aislada da fe de toda una época: “Reyes, obispos, presbíteros, todos por poderes recibidos de Dios, excomulgaron aquí este castillo”. Esta inscripción, aún hoy visible, hace referencia a la excomunión que en el año 1130 lanzó el arzobispo Diego Xelmírez contra el Conde de Traba, por tener prisionero en su castillo al arcediano de Trastámara.







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